Algo fundamental a tomar en cuenta, es que toda esta posibilidad de cuestionar el cuestionamiento mismo, viene cargada de la posibilidad de tenerla (?); es decir, gracias al ámbito académico y a la trayectoria pasada, es que puedo tener una “pausa” sin tener una preocupación inmediata por esa “realidad virtual” del dinero. Fortuna, y privilegio sobre privilegio, pues todo este talento que al parecer me constituye, tuvo un contexto adecuado para desarrollarse (alguien podría argumentar que tal vez no el mejor, alguien podría argumentar que  el mejor es el que sucedió). Además, seguro también influye una idea sembrada muy profundo, que por su naturaleza se auto-cumple: soy especial y voy a navegar por caminos poco transitados, o incluso a encontrar (¿inventar?) unos nuevos.

¿Es eso lo que me mueve?  ¿Es eso lo que alimenta esa necesidad de observar y decir “por qué no puede ser de esta otra forma (y la probaré)”? ¿La naturaleza humana es encajar, pero también la naturaleza humana es no encajar? (A partir de no-encajes es que hemos cambiado, ¿o no?) Por un lado podemos desviarnos a pensar al respecto del conflicto eterno (eterno conflicto) entre nuestros niveles neurológicos, y a esta idea de que todo parece indicar que nuestros ideales superan por mucho a nuestra naturaleza (¿a menos que dichos ideales estén planteados en función de nuestra naturaleza?).

Por otro lado podemos buscar más y más al fondo, y ver que no hay un propósito evidente a nuestra existencia (dudando también de las explicaciones religosas, claro está). Esto ya se ha planteado (¿descubierto? ¿inventado?) en el pasado. Lo paradójico puede ser que aunque no haya o hubiera sentido de vida, dichas personas se tomaron el tiempo de escribirlo o comunicarlo (¿por qué?). Como yo lo veo (influenciado por esas y más personas, lo sepa o no), después de dar por hecho de que no hay un sentido “a gran escala” y de que no hay nada que hacer al respecto, solo queda el enfoque en la realidad inmediata. Realidad inmediata que empieza, claro, por la realidad de uno mismo, y la realidad orgánica (basada en millones de años de evolución) de la búsqueda del bienestar. Y si vamos a un caso más extremo aún, la realidad orgánica de la búsqueda del sobrevivir. Por más que no haya sentido de existir, la alternativa de “no existir” no suena atractiva. (Lo anterior lo había puesto entre paréntesis). Básicamente nos quedamos con la opción “menos peor” (¿es clasista condenar  esa expresión?).

Para mejorar dicha opción, probablemente la necesidad de una explicación sobrenatural también tiene origen evolutivo: el conflicto entre niveles del cerebro nos habría hechos tan vulnerables a “rendirnos” cuando no viéramos el sentido, que quienes tenían predisposición a tener un “mecanismo de defensa” creyendo en una fuerza más allá, y en un “fin último” de nuestra existencia individual y colectiva eran quienes sí sobrevivían. Y además de tener esas ideas una “tierra fértil” orgánica, culturalmente se tornaron poderosas. Tal vez en el fondo todos sintamos que hay una explicación, un sentido total, una razón de ser; lo curioso al no poder escapar de nuestro sistema cognitivo es que no podemos “probar” si esa sensación apunta a una verdad o no, no podemos dar un brinco fuera de nuestro sistema para ver si dicha aseveración es un instinto similar al de supervivencia. Un instinto tan real que cuesta imaginar que tiene que ver con millones de generaciones que sobrevivieron justo porque deseaban hacerlo y se oponían a dejar de hacerlo.

Tal vez también por nuestra propia naturaleza de “inventores” es que le vemos o buscamos “razones de ser” a los objetos y procesos. Puede ser familiar el preguntarse “por qué los seres vivos queremos sobrevivir y reproducirnos”, buscando hacia dónde apunta la flecha, ¿cuál es el fin?. De nuevo, cuesta imaginar que solo es el resultado de la línea histórica que ha sobrevivido: los seres vivos que no peleaban por sobrevivir no sobrevivieron, y los seres vivos que no vivían para reproducirse no lo hicieron. Los que sí sobrevivieron, y los que sí se reproducieron (determinando la supervivencia de su especie), son los que fueron sentando los “bloques de construcción” para todos quienes vendríamos después. Para bien y para mal, no es necesario que haya un “propósito” para que el proceso haya funcionado así.

Después de toda esta vuelta, lo curioso, de nuevo (no sé si ya lo había señalado como curioso, pero sí había mencionado alguna otra curiosidad), es que a fin de cuentas nos encontramos con nuestra realidad inmediata, y se vuelve incluso entretenido especular sobre esa existencia o no del propósito mayor. Exista o no, no podemos hacer mucho. Y si lo sentimos, o no lo sentimos, tampoco podemos hacer mucho para comprobar o comprender cómo se asienta dicha convicción en nuestro sustrato abstracto de la mente, y en nuestro sustrato concreto del cerebro. ¿También la curiosidad tiene origen evolutivo?

¿Por qué hay quienes no quieren preguntarse? ¿Qué tanto revuelve en las entrañas una pregunta sobre la forma en la que son o se hacen las cosas, como para que haya quien diga que “no le gusta filosofar” o que “eso no tiene ningún propósito” (!)? En algún punto [citation needed] leía que es cuestión educativa: si los padres en la infancia se oponían a la secuencia de preguntas, y la terminaban con un “porque yo lo digo”, ese tipo de bloqueos, o de “axiomas ficticios” se instalan de manera sutil. Por un lado supongo que es difícil o desalentador que nos demos cuenta que algo que pensamos o creemos no tiene ninguna razón aparente de ser, lo hacemos “porque así se hace” o “porque así se ha hecho”. Por otro lado también tiene que ver con una construcción práctica de la realidad, en gran (¿cierta?) medida necesitamos confiar en que otras personas ya tomaron las decisiones pertinentes con el fin de que podamos construir sobre ellas. ¿Pero dónde estaría el equilibrio, si es que lo hay? No podemos ir reinventando el mundo con cada generación (¿o sí?), pero tampoco es como que todo esté bien para que no valga la pena cambiarlo. Lo peor (¿o lo mejor?) es que la complejidad que emerge de nuestras decisiones colectivas, nos supera por mucho… (otro) eterno conflicto.