Ensayo (3)

Vale la pena compartir que detrás de cada decisión, y eso incluye de hecho la escritura y publicación de entradas como esta, existe la duda sobre “qué tanto vale la pena” (realizarlo y compartirlo). Me imagino (y sé (¿saber es imaginar?)) que esa duda, acompañada con una sensación característica, puede atacar de tal forma que hay quienes sucumben y deciden no compartir (o no crear, siquiera). Queda claro que de inicio yo la estoy superando dado que estoy siendo leído por usted, persona lectora. ¿Pero cómo uno le hace para convencerse de que sí vale la pena, aunque sea un poco?

Me gustaría tener una respuesta contundente o clara. La atención, recurso cada vez más escaso (¿y por tanto cada vez más valioso (tanto para nosotros como para quien le pone un precio)?), la querríamos dirigir hacia nosotras, pero “¿qué tanto vale la pena mover la atención de alguien más hacia esto que ni siquiera sé qué es?”. De inicio si pensamos que lo que nos compite puede estar al nivel de malos chistes, imágenes distorsionadas con tantas veces que se han descargado y vuelto a subir, noticias falsas, videos de caídas o de perritos (¿qué hay de malo con los videos de perritos? (o por qué siempre se usa como ejemplo)), podemos ver que, bueno, no está mal dar un camino distinto para que alguien invierta dicho recurso suyo.

Por otro lado es curioso ver cómo puede ser que no veamos el valor propio de lo que hacemos (¿es entrenamiento cultural?), al grado de a veces necesitar que alguien externo nos confirme que no estamos “gastando nuestro tiempo” (¿realmente lo estamos gastando al enfrentarnos y crear? yo diría que no…). Probablemente también tenga una razón fisiológica: nuestros procesos de pensamiento y de creación nos son evidentes a nosotros mismos y no les vemos algo de especial justo porque son nuestros; procesos ajenos nos pueden parecer más valiosos justo porque son ajenos y por tanto desconocidos. Aquí yo digo que hay que hacer un salto (¿de fe?), tal vez apoyado por esas confirmaciones externas, pero más que nada pensando en el hecho de que estamos decidiendo invertirle tiempo de una manera activa (y que probablemente lo estamos disfrutando en algún nivel), y creer que vale la pena por sí mismo, independientemente de a quién le llegue.

Supongo que puede terminar siendo necedad. Y esa necedad tal vez se tiene que ver fundamentada con la esperanza de que “en algún momento tendrá sentido”. Pero bueno, aunque no llegue ese sentido, al menos tuvimos la decisión y poder de salir y compartir. Podemos verlo (¿o yo puedo verlo?) por ejemplo en este ejercicio de estos textos, como el estar dando acceso a mi mente. ¿A cuántas mentes tenemos acceso y con cuánta profundidad? De inicio veo que tenemos acceso a las de las personas que conocemos  y con las que podemos dialogar, en otro nivel también tenemos acceso a partir de los videos que comparten (?); a las personas que desconocemos tenemos acceso tal vez consumiendo sus creaciones (aunque dichas personas (¿y dichas mentes?) ya no existan (¿es cierto que dejaron de existir entonces?)), y en mucho menor medida si no hay dichas creaciones. Mi mente es lo que mejor conozco, mi habitación de por vida, tal vez alguien le encuentre valor al accederla de esta manera; además yo la puedo organizar y reorganizar con la puerta abierta.

¿Es soberbio querer compartir, o asumir que “vale la pena”? No sé qué tanto caso tenga darle vueltas a esa pregunta. Creo que tiene que ver con quién es quien dice que es soberbio (¿una mismo?) y por qué lo dice (¿la necesidad social y cultural es mantener un bajo perfil, es decir un perfil que no cause tanto ruido a la estructura?). Y bueno, en una cultura en la que se nos desea reducir a puros consumidores, veo que el producir con fines auténticos de compartir es todo un acto de resistencia. Hablando de resistencia, también el consumir algo no tan fácilmente consumible lo es, pienso: darse horas para leer un libro sin distracciones es toda una revolución; oposición a lo que se desea de nosotros enfrente de una pantalla. Y para ese caso, la danza también lo es… junto con lo demás que usted quiera imaginar, persona lectora.

Un poco saliendo de tema (tal vez no tanto), pero ahora que se mencionó la danza, recordé que descubrí con Al la palabra “dudanza”, que de hecho sí existió para referirse a dudas. ¿Cómo sería una danza que duda (¿o la danza de la duda?)? – O bueno, la danza a la que nos referimos o referiríamos como dudanza. Digo que tal vez no sale tanto de tema porque en general pensaríamos a quien baila como alguien segura o seguro: ¿cómo le hacen para creer (y convencerse de) que lo que hacen “vale la pena”? Una posible respuesta de dichas personas sería “solo baila y ya, a nadie le importa realmente y el caso es que tú puedes disfrutar”. Supongo aplica para lo que hablábamos.

Lo curioso de la dudanza es pensar en llevarla a cabo (o bueno, de hecho llevarla a cabo) y también pensar en la analogía de la vida que representa: de pronto estás en escena para improvisar una dudanza, ¿qué es lo que decides hacer? De inicio uno podría decir que, al tener que dudar sobre qué movimiento hacer, uno se quedaría inmóvil. Pero ya estamos suficientemente adentro del siglo XXI como para saber que la inmovilidad es recurso escénico válido: si decides quedarte inmóvil sin pensarlo más, no estás dudando al nivel de intensidad requerido (¡es dudanza!). Si dudas sobre qué movimiento hacer, y también dudas sobre qué inmovimiento hacer (¿o no hacer?), ¿qué es lo que te queda [no] hacer? Una salida a la paradoja podría ser salir del escenario, ¿pero qué no esa sería una decisión muy deliberada, y habría que dudarla también? La dudanza implicaría dudar completamente de cada decisión dancística (o escénica)… ¿cómo se vería? ¿cómo se sentiría?

(Una salida podría ser dudar de la necesidad de seguir improvisando una dudanza, y entonces solo improvisar danza. ¿Pero qué pasa si tu compromiso es no salir del juego (¿y qué pasa si es más que compromiso – simplemente no puedes salir?)?)

(A pesar de la duda algo surge)

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1 Comentario

  1. Let’s jump!
    Leaps of faith! Leaps of faith!
    ;)

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